Con mis monos chinos, no

Con mis monos chinos, no

Desde siempre la afición a lo geek, a lo nerd o cosas un poco alejadas del mainstream generan una especie de instinto casi automático por proteger aquello que nos entusiasma frente a la mirada condescendiente del mundo. Quienes comparten la afición por una obra de animación, un videojuego o un universo de ficción conocen bien esa sensación. Más allá de ser un reclamo abierto, es un hilo conductor, una resistencia silenciosa ante un entorno que insiste en asociar la madurez con la apatía y si lo ponemos en un color, en el gris (hoy en los tonos beige por aquello de lo aesthetic). 

 

Cada vez es más frecuente toparnos con una narrativa que asume que disfrutar de la cultura popular contemporánea invalida, casi por decreto, la trayectoria de un individuo. Es como si operáramos bajo el prejuicio tácito de que el talento es inversamente proporcional a la imaginación de nuestros pasatiempos; como si leer un manga imposibilitara la construcción de un análisis crítico, o como si coleccionar figuras volviera inherentemente menos confiable a un médico, a un ingeniero o a cualquier profesional. Resulta una forma de discriminación intelectual particularmente extraña, sobre todo por lo selectiva que es.

 

Nadie cuestiona la capacidad estructural de un arquitecto porque se desgarre la garganta en un estadio cada domingo, ni se pone en duda la ética de una abogada por dedicar sus fines de semana a restaurar motores clásicos. A nadie se le ocurriría tachar de inmaduro a un profesor por pasar sus tardes inmerso en un tablero de ajedrez. Sin embargo, basta que asome una figura de One Piece o de Pokemón en el rincón de un espacio de trabajo para que alguien, escudado en la ironía, pregunte si esa persona realmente está concentrada en su labor. El problema de fondo jamás ha radicado en la animación, sino en esa idea profundamente arraigada de que la “seriedad” debe cumplir con una estética descolorida y predeterminada.

 

Durante décadas, hemos confundido el profesionalismo con la solemnidad, construyendo un imaginario donde el éxito viste invariablemente de tonos neutros, habita oficinas de paredes vacías y trabaja en escritorios desprovistos de personalidad. Actuamos como si el entusiasmo juvenil tuviera que extirparse para que nuestras credenciales resultaran legítimas. Pero el mundo gira a un ritmo mucho más acelerado que nuestras viejas nociones de prestigio. 

 

Hoy, las infraestructuras de datos y los laboratorios tecnológicos más importantes del planeta están habitados por mentes que crecieron consumiendo estas narrativas fantásticas, inmersos en videojuegos y construyendo las comunidades digitales que hoy moldean nuestra realidad.

 

Muchos de los especialistas que actualmente diseñan el futuro hablan abiertamente de cómo estas historias marcaron su forma de entender la tecnología, la sociedad y el comportamiento de nuestras sociedades contemporáneas. La cultura popular dejó de ser un pasatiempo marginal para erigirse como uno de los lenguajes fundamentales del siglo XXI. Lo verdaderamente paradójico es que, mientras buena parte de la economía creativa ya asimiló este cambio de paradigma, aún sobreviven ecosistemas laborales que se empeñan en evaluar a las personas por la portada de su libreta o el fondo de pantalla de su monitor.

 

Nuestras aficiones son un reflejo de nuestros intereses; nuestro trabajo, el testimonio de nuestras capacidades. La dinámica de las redes sociales, por supuesto, ha catalizado esta reducción de la complejidad humana al entregarnos primero la parte más vistosa; una colección, un cosplay, una convención; antes que el trasfondo de una trayectoria construida con disciplina. Cuando las presunciones y los prejuicios nos entregan solo una pieza del rompecabezas, nosotros completamos la imagen con suposiciones, olvidando que estas casi nunca son herramientas válidas para evaluar el rigor de nadie.

 

En el fondo, defender esos espacios de ocio y afición trasciende por mucho el nicho específico de quienes los consumen. Habla de nuestro derecho inalienable a ser personas tridimensionales, a ejercer nuestro oficio con absoluto rigor sin tener que renunciar a aquello que genuinamente nos da respiro. La profesionalidad no se demuestra camuflando quiénes somos para encajar en un molde de adultez prefabricada (muy del siglo XX), sino entregando resultados tangibles, diseñando soluciones efectivas y aportando perspectiva. El éxito no exige abandonar sistemáticamente lo que nos emocionaba, sino entender que madurar es aprender que una pasión jamás debería ser el argumento para poner en duda el talento de los demás.

 

Si en pleno desarrollo de este siglo aún hace falta recordarlo, tal vez valga la pena dejarlo claro una vez más: con los monos chinos, no.


 

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